¿Por qué el racismo solo incomoda cuando lo denunciamos quienes lo padecemos?
¿Por qué el racismo solo incómoda cuando lo denunciamos quienes lo padecemos?
Por Jonh Jak Becerra Palacios
Activista antirracista
Un análisis sobre cómo el privilegio blanco válida, discursos que la comunidad afro lleva décadas enunciando sin ser escuchada.
Resumen
Este artículo analiza por qué las denuncias de racismo resultan socialmente aceptables cuando provienen de personas blancas, pero se vuelven incómodas, problemáticas o deslegitimadas cuando son enunciadas por personas negras que lo viven de manera directa. A partir de mi experiencia personal en Colombia y del diálogo con aportes teóricos sobre injusticia epistémica, poder y producción del conocimiento, sostengo que el racismo no opera solo como prejuicio individual, sino como un régimen de credibilidad que jerarquiza las voces. Comprender esta dinámica es fundamental para avanzar hacia una justicia racial que reconozca el derecho de las personas negras a nombrar, interpretar y politizar su propia experiencia.
Introducción
Hace muchos años vengo observando algo que, con el tiempo, dejó de parecerme casual. En redes sociales, en la radio, en la televisión, en la academia, en entidades públicas y privadas, el racismo se escucha distinto dependiendo de quién lo nombra. Cuando es una persona blanca —o leída como tal— quien habla de racismo antinegro, su voz suele percibirse como lúcida, razonable, incluso “curativa”. Se la aplaude. Se la válida. Se la escucha.
Cuando somos las personas negras quienes hablamos, el efecto cambia. El tema es el mismo, pero la reacción social no lo es. Y esto importa entenderlo, porque no estamos ante un malentendido comunicativo, sino ante una estructura de poder que decide qué voces merecen credibilidad y cuáles deben ser puestas en duda.
Aclaro algo desde el inicio (…): no sostengo que las personas blancas no deban hablar de racismo antinegro o antiindígena. Lo que afirmo es que no todas las voces circulan en igualdad de condiciones. El problema no es quién habla, sino cómo el poder interpreta esa voz.
Desarrollo
1. Cuando la denuncia se vuelve “problema”
Cuando las personas negras hablamos de racismo, nuestra palabra suele convertirse en algo incómodo. Aparecen de inmediato los comentarios que buscan desactivar el contenido del mensaje: “acomplejado”, “resentido”, “victimista”, “exagerado”. No se discute la estructura; se patologiza a quien la nombra.
Esto no es una hipótesis abstracta. Lo afirmo desde mi experiencia como sujeto negro en Colombia. He vivido cómo, en espacios laborales, señalar una práctica racista provoca una reacción defensiva que no interroga el acto, sino mi carácter. Decir “eso que usted está diciendo es racismo” suele activar una caricatura: la del sujeto negro emocional, conflictivo, incapaz de análisis.
He acudido incluso a instancias judiciales para la protección de mis derechos fundamentales cuando fui violentado en un entorno laboral. No puedo confirmar empíricamente todas las consecuencias sistémicas posteriores, pero sí puedo afirmar que, socialmente, ese tipo de acciones no son bien vistas cuando provienen de personas negras. Se interpretan como exceso, como deslealtad, como amenaza al orden.
Aquí aparece una pregunta incómoda (pero necesaria):
¿por qué la misma denuncia resulta legítima cuando la formula una persona blanca?
2. Credibilidad, poder y quién define la verdad
La filósofa Miranda Fricker conceptualiza este fenómeno como injusticia epistémica, en particular injusticia testimonial. Esta ocurre cuando un prejuicio —como el racismo— hace que el testimonio de una persona reciba menos credibilidad de la que merece (Fricker, 2007). No es que la persona mienta; es que no se le cree.
Esto explica algo que he vivido directamente. Cuando empecé a decir que ciertas dinámicas laborales funcionaban como vetos encubiertos, muchas personas respondieron: “¿usted está seguro?”, “eso está en su cabeza”. Mi experiencia fue puesta en duda hasta que una persona blanca, con capital sindical y reconocimiento social, explicó públicamente el mismo mecanismo. A partir de ese momento, lo que yo decía dejó de sonar “exagerado” y pasó a ser “realista”.
El contenido no cambió.
Cambió la voz que lo enunciaba.
Aquí se revela una ecuación clave:
racismo + poder = control del relato.
Y el control del relato es, en el fondo, control de la credibilidad.
3. Conocimiento, hegemonía y silenciamiento
Patricia Hill Collins ha mostrado cómo los sistemas de conocimiento dominantes desvalorizan las experiencias de las personas negras, en particular de las mujeres negras, al considerarlas subjetivas, parciales o no científicas (Collins, 2000). No se les reconoce como productoras de saber, sino como fuentes de testimonio emocional.
Esta idea dialoga con lo planteado en la obra colectiva Investigación feminista: epistemología, metodología y representaciones sociales (Blázquez Graf et al., 2012), donde se sostiene que el conocimiento hegemónico ha sido construido históricamente desde una visión masculina, blanca y occidental, presentada como universal. Las demás formas de saber quedan relegadas al margen.
En otras palabras:
la experiencia de las personas negras no tiene el mismo valor social ni institucional. Por eso, cuando hablamos de racismo desde lo vivido, no se nos escucha como analistas, sino como “afectados”.
4. Contraargumento necesario
Algunas personas dicen: “pero hoy sí se escucha a las personas negras”. Es cierto (en parte). Hay más visibilidad. Pero visibilidad no es lo mismo que legitimidad. Muchas veces se nos escucha solo si hablamos con el tono correcto, si no incomodamos demasiado, si traducimos nuestra experiencia para no herir sensibilidades blancas.
El problema no es el volumen de la voz negra, sino su autonomía.
Conclusiones
Cuando una persona negra habla de racismo, su palabra es leída desde el lugar que el sistema le asignó: el de objeto del problema, no el de sujeto legítimo del saber. Nombrar la estructura incomoda porque nombrar es disputar poder.
En cambio, cuando una persona blanca habla de racismo, su voz se percibe como neutral y racional. No porque lo sea, sino porque la blanquitud fue históricamente constituida como norma. Incluso cuando repite lo que las personas negras llevan décadas diciendo, su discurso adquiere estatus de descubrimiento.
Por eso, en síntesis, no se castiga lo que se dice, sino quién se atreve a decirlo.
Cierre
Para nosotros, las personas negras y afrodescendientes, hablar de racismo antinegro no es una opinión personal. Es un acto político legítimo de uso de la voz para la reivindicación y la justicia racial.
Cuando una persona negra habla de racismo, está ejerciendo su derecho a la utodefinición.
Eso incómoda —se vuelve “problemático”— porque le quita al grupo dominante el poder de definir qué es y qué no es racismo.
Y quizá ahí radica la verdadera incomodidad.
Referencias
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Blázquez Graf, N., Flores, F., & Ríos, M. (Coords.). (2012). Investigación feminista: epistemología, metodología y representaciones sociales. Universidad Nacional Autónoma de México.
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Collins, P. H. (2000). Black feminist thought: Knowledge, consciousness, and the politics of empowerment. Routledge.
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Fricker, M. (2007). Epistemic injustice: Power and the ethics of knowing. Oxford University Press.
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